Triple rasero
El rasero es el instrumento que iguala las medidas del grano. Hoy, en la plaza pública, el grano se
mide a ojo, y cada cual rasera según le conviene. Vivimos tiempos en los que la justicia y la
opinión pública parecen medir con varas distintas según quién ocupe el banquillo. No es solo el
clásico doble rasero: asistimos a una multiplicación de criterios, a un "triple rasero" que revela
hasta qué punto la equidad ha dejado de ser el horizonte común. Basta mirar tres casos recientes -la condena de Gérard Depardieu, la muerte de Marta Ferrusola y la trama judicial que rodea al
novio de Ayuso- para comprobar cómo la balanza de la justicia y el juicio social se inclinan, se
matizan o se dulcifican según el protagonista, su entorno y el relato que se construye a su
alrededor.
Un actor consagrado, Gérard Depardieu, finalmente es condenado a prisión por agresión sexual, aunque su entrada en el penal no será efectuada al tratarse de una pena suspendida. De esta forma, se pone fin a años de polémica y protección mediática. Una matriarca política, Marta Ferrusola, fallece sin haber respondido ante los tribunales por su papel en una de las mayores tramas de corrupción de la democracia española; y un empresario cercano al poder político, Alberto González Amador, negocia su futuro judicial entre pactos y titulares. Tres historias distintas, tres formas de medir, tres raseros para una misma sociedad que, a fuerza de fragmentar la justicia, corre el riesgo de perderla de vista.
En los tres protagonistas se observan distintas formas de abuso del poder que les brinda o ha brindado cierta inmunidad a la hora de ser juzgados. Juicios que se posponen o influencias que consiguen diluir o reducir los resultados procesales. Marta Ferrusola, esposa del «Molt Honorable», matriarca del clan Pujol, establece el claro ejemplo de ser medida con el “rasero funerario”. Muchos obituarios y necrológicas enaltecen su figura y su muerte suaviza el juicio mediático y social, sino lo había ya hecho antes la amnistía o el librarse del juzgado por su incapacidad mental tras ser diagnosticada de alzhéimer. El “rasero del estatus jerárquico” se ejemplifica en Gerard Depardieu, cuyo prestigio en el cine francés le confiere cierta inmunidad frente a las agresiones sexuales provocadas en dos colaboradoras de sus rodajes. Esta jerarquía se convierte en arma de doble filo. Por un lado, el actor, en lo personal, se siente un escalón por encima, deificado por la sociedad y libre de culpa. Por otro, el ápex actoral y las simpatías sirven de atenuantes para que no sea necesaria su entrada en prisión, quedando prácticamente impune su abuso sexual. Cierta relación guarda la figura de Alberto González Amador, la pareja de la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. La conexión no se establece en los hechos por los que está siendo juzgado sino por aprovecharse de su proximidad al poder político para obtener contratos públicos y ocultar operaciones financieras ilícitas; “el rasero de cercanía e influencias”.
Si bien es cierto, este hecho es particularmente llamativo en la sociedad española al ser utilizado como moneda de cambio entre el partido gobernante y la oposición. El caso de Begoña Gómez, la mujer del presidente Pedro Sánchez, está estrechamente ligado al de la pareja de la mandataria de la comunidad madrileña. Las dos situaciones han sido utilizadas como arma política por los adversarios respectivos, y han servido para alimentar el clima de confrontación entre el Gobierno central y la Comunidad de Madrid. Lo que queda patente es que, en ambas partes, según el interés del defensor o el atacante, se tiende a tildar las investigaciones judiciales de persecuciones políticas y mediáticas, exonerando del juicio popular las tramas legislativas por las que ambos están siendo investigados.
Estos protagonistas y sus respectivas situaciones ilustran las tensiones entre justicia formal y equidad real, donde factores como la notoriedad pública, las redes de influencia y las condiciones personales modelan resultados judiciales, incluso en sistemas legales teóricamente igualitarios. Por eso, según quien apunte con el dedo, la vara de medir moral es distinta. No se valora de manera ecuánime, sino que se aplica un criterio si se trata de uno de los nuestros, otro distinto si es uno de los otros o, finalmente, un tercero para los que, por fama o circunstancia, escapan a toda lógica de justicia.
Escrito por Guillermo Pérez Sánchez



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