SOBRE EL SENTIDO DE VIAJAR
La primera vez que viajé fuera de España fue a París con 8 años. A partir de ese momento no puedo explicar qué fue, pero sentí una atracción enorme por todo lo que conlleva la cultura francesa hasta el punto de que, actualmente, estoy titulada como maestra especialista en francés. ¿Si mis padres no me hubieran llevado a este país de pequeña mi vida sería igual que ahora? Quién sabe.
Lo que quiero decir con esto es que uno nunca sabe qué es lo que le deparará el futuro, pero cuantas más cosas hagamos, más posibilidades se abrirán ante nosotros.
Una vez que yo empecé a ver lo que era viajar, esta acción se ha convertido en mi modo de vida. No concivo una vida futura en la que tenga que estar en un mismo lugar por mucho tiempo. Cada país al que voy cambia de algún modo mi perspectiva. Más allá de los clichés típicos, de los que personalmente pienso que tenemos que huir, visitar distintos países me ha hecho conocer música nueva, encontrarme con personas que ahora son necesarias en mi vida, probar distintas recetas culinarias que he acabado integrando en mi alimentación y, al fin y al cabo, enriquecerme a través de todos esos aprendizajes.
Y es cierto que no hace falta irse muy lejos de casa para viajar. Se puede viajar con un buen libro, una película, hablando con una persona o incluso al pueblo de al lado... Pero yo quiero referirme a viajes fisicos fuera de tu propio país. Los nervios de saber que tienes que comunicarte de alguna forma y vas a poner todo tu empeño en ello aunque sea por señas, no deja de ser una forma de retar a tu cerebro y activarlo.
Recuerdo que mis primeras palabras en francés fueron a una niña africana cuando estaba en un banco esperando con mis padres cerca del Sacré-Cœur de París. Allí mi padre me dijo: pregúntale a esa niña "Vous parlez français ?" Ya verás como ella te va a decir "oui". Y así fue, una mini yo se acercó a una familia desconocida y tras obtener el "oui" salí corriendo muerta de vergüenza.
Fue también en París dos años más tarde donde por primera vez vi a dos hombres besarse. Aunque poco importaba para mí quiénes fueran los que se besaran, porque me iba a producir el mismo típico rechazo que todos los niños hacemos al amor. Aún así, cuando lo pienso, quizás por eso para mí siempre ha sido algo normal y agradezco haber podido observar desde pequeña las distintas personas que estamos en el mundo.
He visitado este país unas cuantas veces más en intercambios escolares o como fille au pair, y siempre saco un aprendizaje distinto. Por ejemplo, recuerdo con 16 años realizar un intercambio con el instituto en el que yo tenía una familia asignada, pero mi profesora la cambió porque una niña francesa había sido rechazada por una compañera mía de clase por ser musulmana; así que tras contarnos lo sucedido, en mi familia la acogimos con los brazos abiertos al igual que ellos me acogieron a mí siendo yo tan atea como era. Allí observé sus comportamientos, pregunté cómo se sentían llevando hijab y aprendí de lo que para ellas, como mujeres que habían podido elegir, habían decidido ser musulmanas y estaban orgullosas de ello. Al mismo tiempo, conocí a su hermana mayor la cual se había convertido al cristianismo y casado con un cristiano. Como persona que no cree en ningún dios, aquel intercambio produjo en mí una curiosidad por ver qué es lo que mueve a la gente para convertirse y creer, y llegar a la conclusión de que al final da igual cómo lo llamen, pero para todos es la misma fe.
En Praga descubrí a los 12 años que hay que atreverse siempre a hacer las cosas que dijimos que nunca haríamos. En mi caso, coincidió mi estancia allí con una fiesta regional y había puestos típicos de comida. Cuando yo quise ir a probar uno, el hombre que atendía me dijo en inglés que si estaba segura de lo que estaba haciendo. Yo dije que sí y él rió. No entendía qué era lo que una carne podía tener de gracioso hasta que descubrí que lo que había comido era carne de caballo. También pisé una mezquita y una sinagoga por primera vez y observé a las personas que iban allí a manifestar su religión. Algo realmente impresionante de ver. Así como aprender que nunca puedes irte de una ciudad con historia sin ver su cementerio. Yo pude ver el cementerio judío y es algo que recuerdo con nostalgia.
Cuando viajé a Milán con el Conservatorio de música, vi desde el palco de La Scala la primera ópera de mi vida en la que no entendía obviamente nada, pero disfruté como una niña viendo por primera vez unos dibujos animados. No podía despegar mis ojos de lo que ocurría en escena y, desde entonces, no hay día que pase y que no piense en que quiero volver a repetir esa experiencia.
En Berlín es imposible no quedar impactada con la ciudad. Todos hemos oído hablar de ella pero es una ciudad ensombrecida y en la que aún se pueden ver los estragos de la guerra. Edificios con agujeros de balas y nombres con flores en algunas esquinas. Parece que allí el tiempo no hubiera pasado. Pero, sin duda, lo que más me marcó fue visitar un campo de concentración. Había visto miles en películas e imágenes pero nada se compara a estar allí, en kilómetros y kilómetros de sufrimiento. Recuerdo que fuimos un grupo bastante grande y todos hacían fotos y se divertían. Yo me separé de todos porque no me parecía el lugar más apropiado para ello. Estuve 2h perdida entre aquellos campos y cuando vi las habitaciones y camas reales donde tuvieron que estar, recuerdo que me fui y me quedé llorando por un buen rato. La segunda guerra mundial es una temática que siempre toca mi lado débil y yo estaba allí, pisando el mismo suelo que ellos pisaron. No tengo ninguna fotografía pero os aseguro que es una imagen que no se me va a ir de la cabeza.
La primera vez que cogí sola un tranvía fue en Bruselas. Cada trayecto fuera donde fuera eran 30 minutos. Y los primeros días malgastaba horas de mi vida observando la pantalla del móvil en cada trayecto hasta que se me ocurrió alzar la vista y ver a otras personas leyendo. A partir de ahí, siempre salía de casa con un libro en el bolso. Este aprendizaje lo pude haber realizado por mí sola o en España en el metro de Madrid; pero, en mi caso, tuve que estar en Bélgica para darme cuenta. Fue en esta ciudad donde descubrí que mi pasatiempo favorito era mirar todos los días Skycanner u Omio para ver qué destinos estaban bien de precio para viajar los días que yo tenía libres. Una vez tenía el destino, leer todas las páginas webs de viajeros sobre "Qué hacer fuera de lo típico en..." era necesario. Todo el que adora viajar sabe que la belleza de una ciudad no está en sus edificios emblemáticos y en quedarse en la superficie de la ciudad llevándote una imagen de recuerdo. Va mucho más allá de eso. Yo agradezco coincidir con Sonia en mi Erasmus y que me siguiera en mis locuras por Ámsterdam, Varsovia, Cracovia, Cologne... Viajar es realmente fácil y barato cuando sabes dónde y cómo mirar. Incluso probamos por primera vez el Couchsurfing. Una app en la que te registras y te pone en contacto con personas que ofrecen su casa para dormir con tal de realizar un intercambio lingüístico y cultural. Tras la buena experiencia que tuvimos, volví a utilizar esta app en Maastricht con mi querida Mariajo cuando nos fuimos solas de aventura a disfrutar del carnaval que se celebra allí. Si que es cierto que sola no me atrevo a hacerlo, pero eso no significa que no se pueda y yo animo a todo el mundo a intentarlo alguna vez. Como lema de vida que tengo con mis amigos: si sale mal, siempre quedan las risas.
Y, así, todas y cada una del resto de ciudades o de países que he visitado han repercutido en mi perspectiva de conocer o enfrentarme al mundo. Pero, sin duda, el mejor aprendizaje que saco es que siempre se puede confiar en las personas. No en el primero que pase por tu lado, pero viajar te enseña a observar los pequeños detalles. Yo he tenido que pedir ayuda en cientos de ocasiones. La última vez, mientras viajaba en Flixbus, los autobuses internacionales desde España a otro país, una mujer con una niña pequeña me pidió ayuda para encontrar su autobús que resultó ser el mismo que el mío y, si no fuera por mí, lo habrían perdido. Cuando llegamos a Burdeos a las 3 de la mañana, en una zona peligrosa como lo es las afueras de la ciudad al lado de la estación de tren, mi móvil no tenía cobertura y no podía pedir un Uber ni avisar a mi amiga que me esperaba en el Airbnb. Sola en la ciudad vi que a lo lejos la misma mujer con la niña iban hacia un coche y fui a pedirles ayuda. Con una sonrisa en la cara me dijo: "Tú me ayudaste antes y yo lo valoro mucho porque también he viajado sola muchas veces y sé lo que es por x motivos necesitar la ayuda de una buena persona. No te preocupes. Yo te llevo". Y confié en que una perfecta desconocida no fuera a secuestrarme.
Realmente no sé explicar cómo funciona lo de confiar o no en la gente, pero de momento a mí siempre me ha salido bien. Y conversar con personas desconocidas es una experiencia que enseña mucho sobre la vida que, al fin y al cabo, trata de dar y recibir.



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